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blanco - dijo Judkins roncamente.
-Ven, siéntate; estás rendido, por lo que veo - repuso Juana, solícita. Acto seguido le
trajo brandy y comida. Mientras el vaquero comía y bebía, no le dirigió pregunta alguna.
-Nadie..., ningún jinete... hubiese podido hacer más, señorita - dijo Judkins a poco.
-Judkins, no te disgustes. Has hecho más que nadie. Hace tiempo que esperaba esto.
No es, pues, ninguna sorpresa para mí. Te estoy muy agradecida por tus servicios.
-Señorita Withersteen, ya me figuraba que lo tomaríais así, valientemente; pero por
eso mismo resulta más difícil traer estas nuevas. ¡Quisiera uno hacer tanto por vos...! Pero no
hemos podido evitarlo. El ganado estaba inquieto todo este tiempo a causa de los mil ardides
de que se han valido para asustarlo. Los animales enflaquecían; calculad lo que eso significa
en esta época de hierba fresca v agua abundante. Estaban siempre agitados, apenas dormían,
y, por último, no ha sido un ardid cualquiera lo
que les ha hecho desbandarse, sino una nube de polvo natural que se levantó de pronto.
Todos mis jinetes, bravos muchachos, han expuesto la vida para salvar el hatajo, y tres
de ellos la han perdido. Los hemos encontrado triturados por miles de pezuñas. Poco quedó
de ellos para traerlo acá y enterrarlo. Todo eso sucedió ayer, señorita, v si los animales no se
han precipitado en el Desfiladero, creo que aún seguirán corriendo.
Por la mañana del segundo día después de la llegada de Judkins (durante este tiempo
permaneció Juana dentro de su casa, presa del dolor por los desgraciados muchachos que
perecieron en su servicio, v temerosa de lo que podría sucederle a ella misma), oyó de nuevo
lo que había echado de menos más de lo que se atrevía a confesarse a sí misma: el suave y
tintineante paso de Lassiter. Inmediatamente sintió un gran alivio, una sensación de alegría
que se compaginaba mal con las tristes horas que atravesaba, y que la aturdió porque se dio
cuenta de lo mucho que Lassiter significaba para ella. Le había rogado que se alejase de
Cottonwoods por él mismo, y quizá volvería a hacer lo propio si el poco valor que le restaba
era suficiente para arrostrar el desamparo y la soledad; pero se dio ahora claramente cuenta
de que, si la dejaba sola. :,u vida se convertiría en una larga y horrible pesadilla.
-¿Habéis podido seguir a Venters? ¿Encontrasteis aquel valle maravilloso? - le
preguntó ávidamente.
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Librodot Los jinetes de la pradera roja Zane Grey
-Sí, y a fe que es un lugar como no hay otro.
-¿Está seguro allí?
-Eso es lo que me está preocupando. Yo seguí su pista, y una parte de ella es lo más
difícil que he visto en mi vida. Acaso haya en esta región algún ladrón de ganado u otro
rastreador que sea tan hábil como yo. Si es así, Venters no está seguro en aquel sitio.
-Contadme algo de él y de su maravilloso valle.
Con gran sorpresa de Juana, Lassiter mostróse reacio a hablar más de su excursión. Parecía
muy fatigado, y además singularmente pensativo y triste. La joven atribuyó su cansancio a las
ciento veinte millas que había recorrido en tres días, y su tristeza, a la desaparición del hatajo
blanco y la precaria situación de ella como resultado de tantos desastres.
Pasaron varios días sin que sucediera nada de particular, y Juana volvió a sentir renacer su
esperanza; hasta se atrevió a pasearse con la pequeña Fay por el bosque de álamos.
Una mañana alejóse hasta llegar a la linde de la pradera, que no había visto desde el
comienzo de las lluvias y donde ahora florecía la roja artemisa. Estuvo largo rato
contemplando el hermoso espectáculo de la pradera en flor, viendo como el viento mecía las
plantas. De pronto, una nube ocultó el sol, echando su sombra sobre la ondulada ladera.
Entonces, llena de tristes presagios, regresó a su casa, t. apenas había penetrado en el corral
cuando vio a Lassiter correr apresuradamente a su encuentro. Una mirada al rostro de su
amigo la preparó para recibir el golpe.
Sin pronunciar palabra, Lassiter la condujo hacia la eminencia del terreno donde se
hallaban los establos. -¡Mirad! - dijo, y señaló el suelo.
Juana miró, advirtiendo al poco rato ligeras manchas de sangre sobre el pétreo suelo,
manchas que formaban un reguero, venían del establo y continuaban hacia la pradera.
-¿Qué significan estas manchas? - preguntó la joven. -Alguien ha debido de arrastrar
por aquí a hombres muertos o heridos para llevarlos hacia sus caballos, en la pradera.
-¿Hombres muertos o heridos?
-Tal creo, Juana. ¿Sois fuerte? ¿Podéis resistir un rudo golpe?
Sus manos la sostenían suavemente, y sus ojos... De pronto, ella no pudo seguir
mirando a Lassiter.
-¿Si soy fuerte? -dijo, temblando-. ¡Sí, lo seré l El jinete la cogió más firmemente y la
llevó hacia el establo.
-¿Dónde está Blake...? ¿Dónde está Jerd? - preguntó la joven vacilando.
-No sé dónde puede estar Jerd. Seguramente puso pies en polvorosa - contestó
Lassiter al trasponer la puerta -. Pero Blake..., ¡pobre Blake...! ¡Animo, Juana; estad
preparada para lo que vais a ver!
A sus pies vio una pistola vacía y muchos casquillos diseminados por el suelo. Sintió
un escalofrío; le zumbaron los oídos; sus ojos parecían querer salirse de las órbitas.
Sobre el suelo del establo yacía, cuan largo era, el pobre Blake, blanco, muerto, sujetando con
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